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YAK-42: ¿DÓNDE SE ESTRELLÓ LA VERDAD?

Por   /   26 mayo, 2013  /   6 Comentarios

Tras haber investigado el accidente aéreo del Yak-42 entre 2003 y 2006 para el Grupo Zeta y coincidiendo con el décimo aniversario del siniestro, el pasado martes recibí un encargo inesperado de El Periódico de Catalunya: un artículo para el suplemento ‘Testigo directo’, centrado en mi experiencia de la tragedia que costó la vida a 62 militares españoles, doce ciudadanos ucranianos y un bielorruso. Me sentía incapaz de resumirlo todo en dos páginas, pero debía intentarlo por aquellas familias que me brindaron su confianza de manera incondicional y que, con el paso del tiempo, han visto cómo la Justicia y los grandes partidos les traicionaban una y otra vez. Porque todavía hay infinidad de preguntas a las que nadie ha dado respuesta. Este es el texto que publican hoy el diario catalán y El Periódico de Aragón, mi hogar durante esos tres años.

Artículo publicado este domingo en EL PERIÓDICO por el décimo aniversario del accidente.

Artículo publicado este domingo en EL PERIÓDICO por el décimo aniversario del accidente.

 

Lágrimas y frustraciones compartidas hasta altas horas de la madrugada con viudas, padres y hermanos que sólo hallaban consuelo en un reducido grupo de periodistas; una irrefrenable indignación que aumentaba con cada nueva mentira oficial y espoleaba a afectados y reporteros para seguir escarbando en equipo; presiones constantes del exsecretario general de Política de Defensa, Javier Jiménez-Ugarte; unos doscientos artículos…

Era un simple redactor en prácticas cuando el accidente aéreo del Yak-42, aquel vetusto aparato exsoviético que se estrelló en el monte Pilav de Trabzon (Turquía) el 26 de mayo de 2003 con 62 militares españoles a bordo, aterrizó en mis manos en forma de portafolio marrón y gélidas cifras. Pero pronto comprendí que jamás me sentiría reconfortado con los éxitos que llegan de la mano de una tragedia. Saben a derrota.

Diez años después del siniestro, los interrogantes que el Gobierno y la Justicia han dejado sin respuesta son innumerables. ¿Por qué Federico Trillo, ministro de Defensa en 2003, ignoró catorce quejas sobre el estado de los aviones exsoviéticos que transportaban a las tropas? ¿Por qué se firmaron contratos presuntamente llenos de intermediarios y comisiones? ¿Por qué la caja negra del Yak-42 que recogía las conversaciones de cabina estaba averiada? ¿Por qué los doce tripulantes, de origen ucraniano, acumulaban más de veintitrés horas de servicio? ¿Por qué la aeronave despegó con 1.800 litros de combustible más de los declarados, camuflando un sobrepeso de casi dos toneladas? ¿Por qué en la lista de pasajeros no aparecía un ciudadano bielorruso que, según algunos, mercadeaba con el queroseno y cuyo cadáver fue repatriado a España por error (se desconoce qué ocurrió con sus restos)? ¿Quién ordenó ignorar a las autoridades turcas y traer los treinta cuerpos que fueron mal identificados por no realizar las pertinentes pruebas de ADN? ¿Dónde se encuentran los restos humanos descubiertos meses después del accidente? ¿Por qué se incumplió el protocolo de Interpol para catástrofes aéreas? ¿Por qué José Bono, como ministro de Defensa, planteó indemnizar a las familias en 2004 si retiraban las denuncias penales cuando el PSOE había usado el desastre en campaña como arma arrojadiza (los allegados jamás aceptaron)? ¿Por qué se limitó a relevar a la cúpula militar y a devolver los cadáveres a sus legítimos propietarios tras las exhumaciones exigidas por las víctimas?

La verdad sigue escondida en las pérfidas mentes de quienes propiciaron y encubrieron la mayor deshonra que han sufrido las Fuerzas Armadas en democracia. Ni una sola dimisión, ningún responsable de las identificaciones y las contrataciones en presidio. Trillo vive hoy plácidamente como embajador en el Reino Unido, y a Jiménez-Ugarte le premió el PP en 2012 con la Embajada de Suecia. Además, los afectados no han cobrado los 6,2 millones de euros que les adeuda la contratista alemana del vuelo, Chapman Freeborn.

LAS IMÁGENES

Aún veo los rostros impotentes de Francisco Cardona y María Amparo Gil, padres de un sargento bautizado con el nombre de su progenitor, en el homenaje que se celebró el 26 de mayo de 2004 en el monte Pilav.

Habíamos formado una interminable hilera de furgonetas para ascender a la cima por una estrecha pista enfangada. Pero el barro obligó a los vehículos a detenerse antes de llegar al monolito levantado en memoria de los soldados. Yo iba en la parte delantera de la caravana, así que logré acceder hasta el lugar del acto. Entonces me topé con Bono, que había subido por la otra cara del cerro. “¿Dónde están las televisiones?”, recriminó a uno de sus asesores. “No pueden llegar”, alegó éste. “¡Arréglalo!”. A cientos de metros, Cardona, Gil y otros se perdieron el minuto de silencio, las salvas y la ofrenda floral.

Minutos después, Diego, hijo del comandante Antonio Novo, traspasó el cordón militar que rodeaba la zona del impacto. Desencajado, el chaval enseñaba a su madre una esfera de reloj y una maquinilla de afeitar que había hallado sin esfuerzo entre piezas del fuselaje. Algunos incluso encontraron restos humanos. El peinado del área había sido lamentable.

Dos semanas antes ya me había desplazado a Turquía para informar sobre los tests de ADN practicados a 37 familiares en el Instituto Toxicológico de Estambul. El objetivo: esclarecer el escándalo de las identificaciones. La incredulidad de los forenses turcos se mezclaba con las miradas abatidas de las víctimas, que compartían espacio en los pasillos con gentes que no acudían a la morgue precisamente por placer. Muchos afectados, de avanzada edad, habían desafiado por primera vez a las alturas para someterse a los exámenes.

Su vulnerabilidad quebró mi ánimo, al igual que la historia de Elena, hermana del cabo primero Fernando España Aparisi. La tropelía cometida con los reconocimientos había llevado a sus padres a incinerar a otro militar. Habían esparcido sus cenizas en una playa porque Fernando amaba el buceo. Recuperaron su cuerpo, pero no pudieron devolver a quien habían llorado año y medio antes.

Por suerte, conté con el cariño de Charo Benítez, viuda del comandante José Antonio Fernández e investigadora incansable, que me mantenía firme cuando la desesperación se tornaba insoportable; y de Yolanda, hermana del cabo Javier Gómez de la Mano. Ella me enseñó que la ira y la humanidad son compatibles. Defensa le había entregado una cámara de fotos desechable que, teóricamente, pertenecía a Javier. Pero cuando reveló el carrete, sólo encontró imágenes del comandante del avión y algunos tripulantes. No cesó hasta que aquellas instantáneas fueron devueltas a los allegados del piloto.

Y cómo olvidar el día en que el Ejecutivo español, tras negársela en repetidas ocasiones, concedió la pensión de viudedad a Ana Ochoa, pareja de hecho del sargento Miguel Ángel Algaba y madre de dos criaturas. Fue la única victoria que celebré. Mejor dicho, celebramos.

Porque tras presenciar una exhumación, puedo asegurar que la muerte, con el tiempo, huele peor y duele más. En noviembre de 2004 viajé desde Zaragoza a Moraleja (Cáceres) junto a Rosa Álvarez, viuda del subteniente Joaquín Enrique Álvarez, y sus hijas. Debíamos reunirnos con los familiares de Feliciano Vegas, que habían enterrado a Álvarez. Cuando los técnicos extrajeron el féretro, no hubo opción de ver el interior, a pesar de que muchos creían que se habían introducido piedras en algunas bolsas. “Algo esconderán”, repetía Rosa.

De regreso, seguimos al coche fúnebre durante cientos de kilómetros. Las emociones se dispararon cuando la mujer del subteniente se despidió de su esposo: “Ya queda poco para volver a casa. ¡Hasta pronto, cariño!”.

Como en tantas otras tragedias evitables, las personas anónimas demuestran toda la altura moral que nuestros dirigentes escatiman. Fatma Karahan, dueña del terreno donde se estrelló el aparato, ha dejado su finca en herencia a las víctimas. Poco antes de morir con 82 años, esta humilde campesina todavía se estremecía al contemplar la zona del siniestro desde la ventana de su casa: “Mi único deseo es que cualquiera pueda volver a esta tierra”, confesó a su marido y sus hijos.

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6 Comentarios

  1. Araceli Álvarez dice:

    Cuántos recuerdos y emociones en dos páginas.

    Gracias Gorka, me ha encantado!

    Un saludo.

    • EL INFORMADOR dice:

      Gracias a ti y a tu familia por abrirme las puertas de vuestra casa, por compartir conmigo todo aquello. Jamás os olvidaré.

  2. Carlos Ripollés dice:

    Gorka, muchas gracias. Me ha encantado tu artículo.

  3. Charo dice:

    Gorka, muy buen artículo y gracias por estar ahí cuando más los necesitábamos.
    El seguir contando la verdad, esa que todo el mundo sabe, es el mejor homenaje que podemos hacer a los 62 .

    • EL INFORMADOR dice:

      Charo, ¡cuánta razón tienes y cuántas emociones se me han removido estos días al recordar todo lo que compartimos! Y más aún al leer a ciertos dirigentes… Un abrazo enorme.

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