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SALHAKETA, LA ASOCIACIÓN POR LOS DERECHOS DE LOS PRESOS, SUFRE UN RECORTE DEL 80%

Por   /   6 febrero, 2013  /   Sin Comentarios

Salhaketa, colectivo que trabaja por la dignidad y la reinserción de los reclusos y los antiguos internos, ha comenzado el año con un duro varapalo. El Gobierno de Navarra ha reducido en un 80 por ciento su subvención para 2013 con respecto al año pasado. Una de las consecuencias más inmediatas ha sido el “cierre” de un piso que la asociación gestionaba para ayudar a las personas que carecían de un techo cuando recuperaban la libertad tras cumplir condena. Pese al escaso presupuesto con el que cuentan -25.000 euros-, en Salhaketa son conscientes de la actual situación económica y pelean con actitud constructiva por unas “de las personas más pobres de la sociedad”.

Blanca García de Eulate, voluntaria de Salhaketa. C.M.P.

Blanca García de Eulate, voluntaria de Salhaketa. C.M.P.

 

La asociación Salhaketa sigue al pie del cañón para salvaguardar los derechos de los presos, los ex reclusos y sus familiares. La crisis aprieta y los recortes sociales han hecho que este año hayan visto mermada su subvención un 80 por ciento. Para 2013 disponen de un presupuesto de 25.000 euros. Ahora sólo cuentan con la gestión de un piso que pertenece al Departamento de Políticas Sociales del Gobierno de Navarra, donde dan cobijo a personas que han salido de la cárcel o que disfrutan de permisos penitenciarios. La otra vivienda con la que contaban, alquilada y que cumplía la misma función, la tuvieron que dejar el pasado 1 de enero por la falta de recursos económicos.

Salhaketa nació en 1988 y tiene una sede compartida con la ONG Ekologistak Martxan en el número 24 de la calle San Agustín de Pamplona. La integran catorce voluntarios, al frente de los cuales figura la abogada June San Millán. Entre ellos se encuentran, además de juristas, trabajadores sociales y pensionistas. Es el caso de Blanca García de Eulate, de 77 años, que desde 2004 batalla con “humildad” por “unas de las personas más desfavorecidas y pobres de la sociedad”. Por eso, remarca, es “importante” la labor que se hace desde la asociación.

Sin embargo, su discurso no es pesimista y tampoco critica las ayudas recibidas. Los medios son escasos, pero muchas las ilusiones depositadas en esta organización. “Al Ejecutivo foral le debe gustar el proyecto, porque si no, no nos hubiera dado ninguna subvención”, afirma García de Eulate, que fue misionera dominica durante diecisiete años y pertenece, además, a las Comunidades Cristianas de Base.

Pero en ningún momento se muestra conformista. Relata que para suplir esa falta de recursos recurren a “rastrillos solidarios y teatros callejeros”, entre otras iniciativas. Además, organizan una vez al año unas Jornadas de Estudios Penitenciarios en la Universidad Pública de Navarra, en las que participan todos los grupos políticos del arco parlamentario navarro.

Los voluntarios incluso aportan una cuota mensual -alrededor de 20 euros-, buscan donaciones y han editado un par de libros, aunque el dinero por su venta ha sido “mínimo”.

La financiación es un eje importante para el óptimo funcionamiento de la asociación, pero sus miembros también luchan por otros objetivos como la dignidad de quienes permanecen entre rejas o están desamparados cuando abandonan la prisión.

En estos momentos, Salhaketa “espera una respuesta por parte del Banco de Alimentos de Navarra” y, entre otros objetivos, quiere conseguir que “el nuevo centro penitenciario –ubicado en la colina de Santa Lucía- esté mejor comunicado”. De hecho, la línea de autobús más cercana es la 16, que para a la altura del número 21 de la avenida de Guipúzcoa, en Berriozar.

Los únicos miembros del colectivo que cobran un sueldo son las dos educadoras sociales que acuden al piso. Hacen una jornada reducida de cuatro horas al día, en turnos de mañana y tarde. Ellas son un eslabón más de la cadena en la ayuda hacia la reinserción de los presos.

ASESORAMIENTO Y CONCIENCIACIÓN

Salhaketa creció durante muchos años como un proyecto de carácter asistencial en el área jurídica, ya que los presos “carecen de un abogado de oficio”. Sin embargo, con el paso del tiempo se ha dedicado, además, a labores de concienciación social o formación, entre otras cosas.

Los miembros del colectivo se desplazan periódicamente a la prisión de Pamplona –antes acudían también a cárceles cercanas como las de Vitoria y Zaragoza, pero ahora no pueden hacerlo por falta de presupuesto- y se ponen en contacto con los presos que lo desean.

Se les asesora jurídicamente y se les ayuda, en la medida de sus posibilidades, en su reinserción, “algo que no se consigue entre rejas”, esgrime García de Eulate: “Un miembro de Izquierda Unida, que cumplió una condena por insumisión, me dijo que ‘estar en la cárcel es como meter un coche en un garaje. Cuando lo vuelves a sacar ya no funciona igual’”. La voluntaria se muestra más crítica cuando afirma que “la reinserción es un cuento. La cárcel es una universidad de delincuencia”.

El libro ‘Mujeres en prisión. Voces desde dentro del Centro Penitenciario de Pamplona’, editado por Salhaketa, resume de manera muy explícita los problemas a los que se enfrentan los internos cuando recuperan la libertad: “Los efectos de la estancia en prisión, desde un punto de vista subjetivo, se caracterizan a la salida por un generalizado malestar, por el choque entre las expectativas y la realidad con la que se encuentran, y por la incapacidad de responder por sí mismos a su problemática. Aparecen síntomas como insomnio, problemas de concentración, sensación de amenaza o persecución, miedo a ser detenido…”.

Uno de los pilares para lograr la reintegración en la sociedad, por todo lo que resume el libro, es proporcionar un techo a los ex presidiarios. El piso cuenta con cinco plazas residenciales por un tiempo máximo establecido de seis meses y otras dos para acoger a presos con permisos penitenciarios. Hay una serie de requisitos que deben cumplir y unas normas a las que atenerse. Entre otras cosas está prohibido el consumo de drogas y de alcohol.

“Se les busca cursos, se les ayuda a elaborar un currículum o a buscar trabajo. También, en el piso, se les enseña a cocinar, limpiar o hacer la compra. Se tienen que hacer todo ellos. Además, todas las semanas se celebran reuniones de convivencia o de habilidades sociales”, explica García de Eulate. Una labor gratificante que, aunque no se ha podido extender a más personas, es necesaria en estos momentos de crisis económica y de valores.

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