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MARAVILLAS, VIOLADA Y ASESINADA CON SU PADRE EN 1936, TENDRÁ UNA CALLE EN LARRAGA (1ª PARTE)

Por   /   28 marzo, 2012  /   Sin Comentarios

El Ayuntamiento de la localidad navarra aprobó este miércoles una moción para que la calle donde esta víctima de la Guerra Civil se crió lleve su nombre. Su hermana pequeña, Josefina Lamberto Yoldi, de 83 años y única superviviente de la familia, asistió al pleno. Curiosamente, 48 horas antes había compartido la historia de su vida con El Informador, que la reproducirá en varias entregas y con todos los detalles que ella desea dar a conocer. Porque las muertes de su padre y su hermana, que perdió la vida con tan sólo 14 años, fueron el comienzo de una vida marcada por la marginación, el dolor y la soledad.

Maravillas Lamberto YoldiEl 15 de agoto de 1936 fusilaron al padre de la familia, Vicente Lamberto, “por ser afiliado de la UGT y no ir a misa”, a pesar de que sus tres niñas “siempre” acudían a la iglesia y habían hecho la Primera Comunión. Pero los verdugos, “al parecer incluso delante de él”, se ensañaron mucho más con su hija mayor, Maravillas, de 14 años, a la que violaron “en el Ayuntamiento de Larraga” antes de quitarle la vida junto a su padre en un paraje de Ibiricu del valle de Yerri, en Tierra Estella. Mientras a Vicente lo “arrojaron a una cuneta”, a la menor la abandonaron en un campo y dejaron “que se la comieran los perros” -y no precisamente en sentido figurado-. Unos campesinos que la hallaron “destrozada” y “descompuesta” la rociaron con gasolina y la quemaron “por pura humanidad”. Los restos de él podrían encontrarse bajo una carretera de dicha localidad, aunque aún no se han descubierto, mientras que de la pequeña “no quedó nada”.

Casi 76 años después, el Consistorio de Larraga al fin ha dado un paso adelante para hacer justicia con una adolescente que se fue de este mundo con la incomprensión de la sinrazón humana en su memoria y los estragos de la violencia más degradante marcados en su cuerpo. Ayer por la tarde, el pleno municipal aprobó una moción presentada por la Asociación de Familiares de Fusilados de la localidad para poner el nombre de Maravillas a la calle donde aún permanece la casa en la que se crió junto a sus padres, Vicente y Paulina Yoldi, y sus hermanas, Pilar y Josefina, que apenas tenían 10 y 7 años respectivamente cuando el odio llamó a su puerta a las dos de la madrugada -actualmente la vivienda pertenece a unas “sobrinas” de Josefina y, según ella, “está desocupada”-.

La inauguración de la vía tendrá lugar el próximo 28 de abril y coincidirá con el levantamiento de un “monolito” en recuerdo a los 47 fallecidos en Larraga durante el franquismo y con la creación de un parque “de la memoria”. Los concejales de PSN y Bildu han secundado el texto, pero los ediles de UPN han presentado uno alternativo en el que, según diversas fuentes, “aceptaban la designación de la calle en memoria de Maravillas”, pero al mismo tiempo reclamaban, entre otras cuestiones, una ”para los asesinados por ETA“. Este segundo asunto, según ha explicado el alcalde, Antonio Lamberto, “se estudiará”.

Josefina Lamberto Yoldi, hermana de MaravillasSin embargo, entre todas las personas que se dieron cita en el pleno había un rostro que copaba la atención de todos: el de Josefina Lamberto Yoldi, la única superviviente de la familia. A sus 83 años, ha demostrado una vez más sus ansias de vivir, aunque ella asegure que ya sólo le ilusiona “una cosa”: encontrar a su padre.

Curiosamente, El Informador la había entrevistado 48 horas antes sin saber que la votación de la moción tendría lugar esta misma semana -se barajó posponerla a finales de abril-. Y aún ha recibido dos regalos más: un yogur de moras y el privilegio de contar su vida sin tapujos, tal y como ella desea que se conozca. Porque, además de sufrir la peor de las muertes en primera persona, Josefina ha soportado estoicamente la marginación y el “olvido” de todo un sistema durante tres cuartos de siglo.

Nadie mejor que ella puede hablar de su familia. De modo que, sin quererlo, se ha convertido en la protagonista de varios reportajes que se publicarán por entregas. Hay casos en los que los matices son importantes y el número de palabras empleadas para contarlos no debe medirse, independientemente del número de lectores. Josefina, que durante 46 años fue “monja” porque “tenía fe” y trabajó incluso en Pakistán, no se ha rendido nunca “a pesar del odio acumulado”.

Todos los días se levanta a las seis y media de la mañana para doblar “camisetas” de los residentes de la Casa Misericordia, donde vive actualmente -a eso de las siete y media le dan un “cafetito” que le hace “revivir”-; colabora después unas horas en el Comedor Solidario París 365, adonde siempre va caminando; y, ya por la tarde, se marcha a Civican a leer la prensa, también a pie. Devora todos los libros que le dejan sobre la Guerra Civil, “por muy pequeñas que sean las letras”, acude a homenajes de otros fusilados y aún es capaz de dibujar una sonrisa pura, rebosar bondad en su mirada, lucidez en sus argumentos y energía en sus pasos.

Su testimonio, como los de otras víctimas de cualquier conflicto armado, debería servir a los historiadores y dirigentes para reescribir nuestro pasado, mostrarlo con respeto y sinceridad a las nuevas generaciones, no cometer los mismos errores en el futuro y, sobre todo, hacernos más humanos. El Informador cree que sólo aceptando la verdad, venga de donde venga y por muy dura que sea, realmente se pueden tender verdaderos puentes que fomenten la reconciliación entre las personas.

15 DE AGOSTO DE 1936

Era el día de la Virgen de la Asunción. A las dos de la madrugada, mientras Josefina dormía, “dos falangistas del pueblo -según diversos libros Julio Redín Sanz y el hijo del ‘churrero’ de Larraga-” empezaron a golpear la puerta de su casa y amenazaron con “derribarla” si no les abrían. La madre de la familia, Paulina, que perdió la vida con 76 años fruto de una “trombosis”, accedió, y los falangistas, que iban acompañados “de dos guardias civiles”, ordenaron a Vicente, un labrador corpulento y modesto “al que le iban bien las cosas”, que se vistiera porque lo “iban a llevar al Ayuntamiento”. Los agentes, entre tanto, “esperaron en la calle”.

Paulina Yoldi y Pilar LambertoMaravillas, una adolescente “muy valiente” que ya entonces “servía en una casa”, descansaba en otro dormitorio junto a su hermana Pilar, que fallecería a los 67 años debido a un cáncer de hígado. Al escuchar la conversación, Maravillas se despertó y se dirigió a los ‘intrusos’: “Yo quiero saber qué le hacen a mi padre”. La respuesta no se hizo esperar: “Pues ven si quieres”, relata Josefina.

Según narra con todo tipo de detalles, a Vicente Lamberto “lo metieron en la cárcel” construida en los bajos del Ayuntamiento de Larraga. Pero a la muchacha la “subieron arriba”. Allí hicieron con ella “lo que quisieron”, recuerda con amargura la única miembro de los Lamberto Yoldi aún con vida: “Cuentan que entre ellos estaba el secretario municipal, que ya ha muerto. Algunos vecinos vieron a Maravillas con la ropa destrozada cuando la sacaron a eso de las cinco de la madrugada a la calle -el Ayuntamiento estaba rodeado de viviendas-. Metieron entonces a mi padre y a ella en un coche. Maravillas no paraba de llorar”.

Su relato coincide con el de otros investigadores al señalar que ambos fueron trasladados a un bosque que se encuentra en Ibiricu del valle de Yerri, en Tierra Estella. Aunque la versión de Josefina, tras haber hablado con “muchas personas” en estos 76 años, aporta infinidad de matices nuevos sobre el “sufrimiento” que tuvieron que padecer ella, su madre y su hermana Pilar cuando se quedaron “solas”.

“En el bosque fusilaron a mi padre y mi hermana intentó escapar, pero la cogieron y también le quitaron la vida. Algunos dicen que antes de matar a mi padre, volvieron a violar a Maravillas delante de él. A él lo dejaron en una cuneta, que al parecer está ahora cubierta por la carretera, de ahí que no le pueda encontrar. Y a mi hermana la hallaron unos campesinos en un campo abandonado cuando regresaban de estar con el ganado. Dijeron que los perros le habían comido las piernas y los glúteos, de manera que la rociaron con gasolina y la quemaron por pura humanidad. A los perros los sacrificaron. Una señora me ha contado después que su padre fue quien hizo esa tarea, pero que no actuó con mala intención, sino porque estaba destrozada. No se pudo recuperar nada de ella”, apunta.

Sin embargo, durante aquellas horas Josefina no supo lo que estaba ocurriendo realmente. Hasta que a las siete de la mañana fue al Consistorio con su hermana Pilar para llevar el desayuno a su padre y su hermana: “Yo dormía en un cuarto distinto que Maravillas y Pilar y durante la noche estuve dormida”. A esa misma hora, un tío de las pequeñas le dijo a un “hermanastro” llamado Agapito, nacido de un matrimonio anterior de Vicente “y ya casado por aquel entonces”, que “no había nada que hacer” porque los dos estaban ya “en la cuesta del Moro”.

“Agapito le pidió ayuda, pero el hermano de mi padre, abuelo del actual alcalde, se la negó. Le respondió que Vicente ya no necesitaba nada. Mi padre era el único republicano de su familia”, indica Josefina. Pero esta mujer, que aún es capaz de dar a amor a los demás, también quiere dejar bien claro que el primer edil del municipio, el socialista Antonio Lamberto, se ha portado “muy bien” con ella.

UNA FAMILIA “SOLIDARIA”

Josefina aún guarda en el banco de imágenes de su memoria cómo varios agentes se presentaron en su casa horas después y, tras ofrecerle “un caramelo”, le preguntaron “dónde guardaba las armas” su padre. Ella, “engañada”, les señaló una teja bajo la cual había “cable de romper piedras”. “Aquello también se lo llevaron. Mi padre no escondía nada. Era un labrador que trabajaba de día y de noche en unas tierras arrendadas y en las de otros vecinos con más dinero. No nos faltaba de nada. Teníamos de todo en el granero: gallinas, algún cerdo, conejos…”, resalta.

La familia Lamberto Yoldi era conocida por su “generosidad y solidaridad”. De hecho, Paulina, la madre, no sólo crió también a Agapito, ya fallecido, sino que hizo lo mismo con Vicente Marturet y una niña de Mendigorria. Además, “acogía en el granero a las gentes que llegaban al pueblo pidiendo limosna y compartía la comida con ellos”, asegura Josefina.

LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Pero el calvario de Josefina no había hecho más que comenzar. Su madre jamás quiso revelarle a ella y a Pilar quiénes mataron a Vicente y Maravillas. Aunque “le quitaron todo”, incluida una “preciosa yegua” que les había costado 500 pesetas, “un dineral en aquella época”, y por la que tuvieron que hipotecar su vivienda, hoy “propiedad de unas sobrinas”. Paulina quiso vender su hogar para “recuperarse económicamente”, pero se encontró con otro problema. “Mi madre no podía mantener la casa. Y Agapito, al que le correspondía una parte, se la quedó finalmente por cuatro perras”, sostiene.

El argumento que emplearon los confiscadores para dejar sin sustento a las tres fue llamativo: “En aquella época, pagábamos el pan con trigo y cada transacción se plasmaba en la cartilla que tenía la familia. Una de las hijas de la panadera fue al campo donde trabajaba mi madre y le dijo que el grano que cosechara era suyo porque había acumulado una deuda que no existía realmente. Le llamó “ladrona” y “sinvergüenza”, así que la agarró del pelo y la echó de allí. Luego ella dio parte de lo ocurrido y a mi madre la metieron en el calabozo durante tres días. No sabemos qué ocurrió dentro”. Josefina aún visualiza cómo estando “sola” en la puerta de su casa y “sin saber nada” de Paulina, la panadera pasaba por delante de ella cada día y gritaba: “Hasta a los chiquitos, que los chiquitos se hacen grandes”.

“Temiendo” por las vidas de sus dos pequeñas y viéndose acorralada, durante el año siguiente “colocó” a las hermanas “en el servicio de dos casas” -en la fotografía superior se puede ver a Paulina y Pilar-. Pero ni siquiera esta vez “pudo elegir”: “Mi madre estaba en la de un militar, donde ya había trabajado de soltera. Aquel hombre no quería críos a su alrededor, así que nosotras tuvimos que marcharnos a casa de Julio Redín Sanz, uno de los que se llevó a Maravillas, que tenía una hermana con síndrome de down de 18 años. Pilar cuidaba un poco de ella, pero a mí sólo me dejaban ir a la escuela y, cuando regresaba, me encerraban sin luz en el desván. Ni siquiera podía comer en la mesa. Me sentaban en un banco. Eso sí, entonces nosotras no sabíamos quién era realmente aquel hombre”. Tiempo después, Redín Sanz murió en un “accidente de camión”, al parecer en el frente de Fraga. “Todo el mundo dijo que había sido un castigo”, resalta emocionada. (Continuara…).

NOTA EDITORIAL: El Informador tiene mail redaccion@informador.org). Quienes deseen aportar algún dato sobre el lugar dónde podrían encontrarse los restos de Vicente Lamberto pueden escribir a esta dirección. Este medio se compromete firmemente a poner toda la información recabada a disposición de su hija Josefina Lamberto Yoldi. Si es necesario, se respetará el anonimato de la fuente.

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