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LA CRÓNICA IMPERFECTA DE UN REENCUENTRO PERFECTO

Por   /   28 marzo, 2014  /   Sin Comentarios

Este miércoles presenté mi segundo libro, titulado ‘El reencuentro’, en el restaurante Ansoleaga 33 del Hotel Maisonnave de Pamplona. Más de 120 personas nos arroparon a Josefina Lamberto y a mí en un día tremendamente especial para ambos. Porque sus 180 páginas comprenden una doble búsqueda: la de los restos de Vicente, padre de Josefina que fue fusilado junto a su hija Maravillas en 1936, y la mía personal, ya que durante año y medio trabajé conjuntamente con personas de distintas sensibilidades para dar con el lugar donde se llevó a cabo el enterramiento mientras me enfrentaba a la enfermedad y posterior muerte de mi padre. El 100 por cien de los beneficios se destinará a la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra y a la Asociación Goizargi.

Uno de esos besos que jamás olvidaré. EDUARDO SANZ

Uno de esos besos que jamás olvidaré. EDUARDO SANZ

 

“Me gustó mucho ver a tanta gente de distintas ideas implicada en la búsqueda de mi padre, pero sobre todo a Juan. Juan, te quiero mucho y te perdono que seas de otro partido” (Juan Frommknecht es abogado y concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona). La carcajada de los asistentes fue unánime…

Como diría Joseba Eceolaza, exparlamentario de Batzarre y apoderado de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, “certera frase, Josefina, certera frase”. Unas palabras que condensan el espíritu que reinó este miércoles en la presentación de El reencuentro, mi segundo libro tras Unidos por la verdad 1936-2012. Pluralidad, mucha pluralidad. La vida es más agradable cuando imperan el respeto y el aprecio entre diferentes. Porque de esas uniones surgen las grandes oportunidades para reconstruir nuestra sociedad. Y te ayudan a recuperar la fe en las personas.

La noche anterior había dormido a pierna suelta. Raro en mí. Ya me había preocupado de desfogarme en el gimnasio para que mi cuerpo cayera rendido. Los nervios no hicieron acto de presencia hasta la hora de comer. Pero en esta ocasión, desaparecieron con la misma facilidad con la que los hombres caen y se levantan. Como en tantas otras ocasiones, Josefina Lamberto me devolvió la tranquilidad.

-Hola, bonita. ¿Cómo estás? ¿Nerviosa?

-¿Por qué iba a estarlo? Y tú tampoco debes preocuparte. Todo saldrá bien. Además, con lo listo que eres… -me dijo sonriente cuando la recogí a las seis menos cuarto en la Casa Misericordia.

Aunque el restaurante Ansoleaga 33 del Hotel Maisonnave ya estaba perfectamente acondicionado para el acto, entre Josefina y yo le dimos nuestro toque personal: carteles, ejemplares… Y como nos sobraba tiempo, Josefina aún pudo merendar un pintxo de tortilla, acompañado de un cortado de cafetera, antes de que más de 120 personas llenaran el salón. Hasta Esther León, una de las protagonistas de mi primer libro, llegó con tiempo suficiente para compartir sensaciones. Frommknecht también se adelantó. Y lo hizo acompañado de dos de sus tres hijos: Nerea y Ane.

A partir de ese instante, fluí. Saludos, presentaciones entre familiares y amigos, abrazos y besos con gente a la que adoro… Me encantaría mencionar a todas y todos, pero necesitaría una decena de hojas. Y seguro que me olvidaría de alguien. Ellos y ellas saben perfectamente quiénes son. Entre el público se encontraban mi madre y mis hermanos; mis tíos y primos; amigos y amigas; numerosos miembros de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra y voluntarios de la Asociación Goizargi que me han mostrado un nuevo camino que espero no abandonar nunca; concejales y representantes de distintos partidos que hacen política con mayúsculas, que acudieron a título personal y que valoran el verdadero significado del término ‘consenso’; y muchas de las personas que habían colaborado en la búsqueda de Vicente Lamberto, padre de Josefina.

A ellos sí los citaré por motivos obvios: tres de los hijos de Ricardo Urdangarain, uno de los testigos que nos ayudó a localizar el lugar donde Vicente fue enterrado; el alcalde del valle de Yerri, Luis Albéniz; varios de los técnicos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi que realizaron las prospecciones (Jimi Jiménez, Sebas Lasa y Tito Agirre); el fotógrafo Eduardo Sanz (autor de las imágenes que ilustran este artículo); y Josetxo Arbizu, una de esas personas que lleva años cuidando y acompañando a los hijos de los fusilados. En primera fila, cómo no, estaban el bueno de Arcadio Ibáñez, que padeció como nadie la barbarie al perder a cinco familiares en 1936, y su esposa.

Pero fue Marco, un renacuajo de cinco años, quien me regaló el detalle más hermoso de la tarde. Como yo, también perdió a su padre. A él le pertenece la genial frase de “para enamorar a una mujer, primero tienes que salvarla cien veces; bueno, ocho”. Le gusta construir toda clase de Legos. A mí, reconstruir. Cuando baila rap o AC/DC, me saca la lengua, aunque su madre se enfade. Para él, soy el ‘Tío Machote’. Algún día le daré tal mordisco en sus rollizos mofletes que no sé si volverá a hablarme después de eso…

Cuando aterrizó en el restaurante, vino corriendo hacia mí. Me abrazó y me besó con fuerza. Y yo a él. Quería mostrarme el regalo que me había preparado con sus tiernas manos. “Yo también escribo libros. Mira, he escrito uno para ti”, me anunció ilusionado. Y efectivamente, allí estaba su primera obra, dedicada a un servidor. Un libro de tres páginas donde me decía “felicidades” y me había dibujado una tarta de cumpleaños, globos, dos bicis (porque sabe que me gusta la mountain bike y quiere venir un día conmigo), un barco (porque le prometí una vez que le llevaría a pescar), una casa y una mariposa (por el local de la Asociación Goizargi, cuyo símbolo es una mariposa)…

Marco, hijo de Ainhoa, es tan desprendido que incluso compartió el mérito de firmar su primer trabajo con Yago, el peque de Natalia, otra de mis debilidades de Goizargi. Algo impensable en el mundo de los adultos.

Cuando volvió a su casa, el crío mantuvo una conversación de corte intelectual con su madre:

-Mamá, voy a pedirle al ‘Tío Machote’ que escriba un libro sobre mis especificidades.

-¿Qué es eso?

-Ya sabes, las cosas que hago.

-¡Ah! Querrás decir especialidades.

-Sí, eso.

Si algún día soy padre, pensé, me gustaría que mi hijo tuviera su sensibilidad y desparpajo. Detalles como ése ya dan sentido a El reencuentro.

LOS DISCURSOS QUE NO GRABÉ

Por una vez no quise controlar la situación. ¿Para qué? ¿Para apurarme al no poder llegar a todo? Esta vez no. A menudo, la perfección nace de la improvisación. Hasta se me olvidó encender la grabadora cuando comenzaron las alocuciones de Eceolaza, autor del prólogo y excelente comunicador; y de Antontxu Zabalza, marido de Mirentxu Aguirre, hija de Fortunato, que también narró su vida en Unidos por la verdad 1936-2012. Por eso hoy no podré reproducir sus palabras. No me acuséis de falta de profesionalidad. Todos cometemos fallos… Y qué leches, a veces la salud de uno lo agradece.

Joseba Eceolaza, autor del prólogo. EDUARDO SANZ

Joseba Eceolaza, autor del prólogo. EDUARDO SANZ

 

Sí os comentaré que Eceolaza fue contundente al resaltar que las obsesiones de quienes trabajan en favor de la Memoria Histórica jamás deben anteponerse a las necesidades de los familiares de los asesinados hace 77 años, y que Antontxu Zabalza se encargó, como ya hiciera con mi anterior libro, de presentarme. Bueno, como me sentía bastante sereno me permití el lujo de apostillar a Zabalza cuando alabó mi “independencia” periodística. “¡Así me va!”, exclamé. Hubo risas entre el público…

Antontxu Zabalza (izda.) y Josefina, dos referentes para mí. EDUARDO SANZ

Antontxu Zabalza (izda.) y Josefina, dos referentes para mí. EDUARDO SANZ

 

Luego me tocó hablar. Si puedo explicaros el contenido de mi discurso es porque lo tenía escrito… Hablar de temas tan personales ante tanta gente siempre cuesta. Y no os voy a engañar. Lo había preparado a conciencia.

“Josefina Lamberto no necesita presentación. Y menos aún después de que su historia haya aparecido últimamente en periódicos nacionales como El País o en programas como El Intermedio. No sé si a partir de ahora querrá seguir al lado de nosotros, humildes provincianos… Yo espero que no se olvide de quienes la adoramos, de todos aquellos a quienes nos inspira para tratar de ser mejores personas, para profundizar en nuestro yo más solidario. Porque ella nos demuestra día tras día que la solidaridad no es dar lo que nos sobra, sino parte de lo que nosotros también necesitamos para sobrevivir”, destaqué.

Aunque me emocioné en algunos momentos porque la imagen de mi padre revoloteaba por mi cabeza con la misma libertad que me inculcó desde niño, detallé que El reencuentro es, en realidad, el punto y final mi primer libro, “un viaje que comenzó en marzo de hace dos años”: “A partir de hoy, o mejor dicho cuando acabemos todas las presentaciones, me dedicaré a disfrutar de la compañía y del cariño de todas esas personas que entraron en mi vida sin avisar y que ya forman parte de ella: Mirentxu, Mikele, Esther, Tomás, Antontxu, Josetxo, Ceci y la propia Josefina”.

Este libro comprende una doble búsqueda: la de los restos de Vicente, padre de Josefina que fue fusilado junto a su hija Maravillas en 1936, y la mía personal, ya que durante año y medio trabajé conjuntamente con numerosas personas de distintas sensibilidades para dar con el lugar donde se llevó a cabo el enterramiento mientras me enfrentaba a la enfermedad y posterior muerte de mi padre.

El 100 por cien de los beneficios se destinará a la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, entre otros motivos porque asumió los costes de las excavaciones en un momento muy delicado tras la retirada de las subvenciones oficiales; y a la Asociación Goizargi, que presta apoyo a personas en duelo por la pérdida de un ser querido, ya que un duelo sin elaborar puede condicionar el resto de tus días, como comprobé en primera persona.

Josefina volvió a darnos una lección de humanidad a todos. EDUARDO SANZ

Josefina volvió a darnos una lección de humanidad a todos. EDUARDO SANZ

 

“El duelo es uno de los temas principales del libro. Deseaba mostrar la diferencia entre un proceso de duelo relativamente normal como el mío, a pesar del desgaste que supuso para mi familia y para mí, y el de Josefina, que 77 años después de perder a sus seres queridos aún no ha podido cerrar las heridas que le acompañan desde la niñez. Mi historia y la de Josefina están interconectadas porque las vivimos en el mismo período temporal, porque compartimos cientos de emociones… De ahí que seamos tan amigos y nos queramos tanto”, apunté.

Tal vez por eso sentí la necesidad de escribir El reencuentro en primera persona. Poner dos procesos de duelo tan distintos sobre la mesa permite visualizar ese sufrimiento que personas como ella y otros hijos de fusilados aún padecen. Y que se puede ser periodista y tener corazón. A mí jamás me ha gustado contar historias desde la distancia. No tengo ni pajolera idea de cómo hacerlo. Ni quiero aprender.

Desgraciadamente, no encontramos los restos de Vicente, ya que los terrenos donde fue inhumado quedaron arrasados tras la concentración parcelaria de 1971. Fue un palo enorme, aunque Josefina, paradójicamente, pareció asumirlo con mucha más entereza que el resto de las personas involucradas en el proceso.

Por eso, escribir este libro me ha costado muchísimo. Porque saber de antemano que el final no era el deseado ni por Josefina ni por quienes le hemos acompañado ha sido una losa durante todo el proceso creativo. “Pero aunque ella no pudo reencontrarse con su padre, su búsqueda al menos contribuyó decisivamente a que yo sí me reencontrara. Estoy y estaré siempre en deuda con ella. Y puedo aseguraros que ningún caso de los que he investigado como periodista a lo largo de mi carrera, ni siquiera los que en alguna ocasión centraron portadas de medios nacionales, me ha enriquecido tanto como éste”, subrayé.

TENDIENDO PUENTES

La importancia de este libro no radica en si está mejor o peor escrito. Y además, ya os adelanto que una persona cuyo nombre no mencionaré tiene mucha razón cuando afirma que soy mejor periodista que escritor. Uno debe aceptar sus limitaciones.

“Josefina logró algo impensable para mí: que en la búsqueda de Vicente colaboraran, a título personal, representantes de bandos teóricamente opuestos. En concreto, miembros de Izquierda-Ezkerra y UPN, además, obviamente, de responsables de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra. Yo me limité a tender puentes entre ellos para intentar cumplir el sueño de Josefina. Porque de su hermana Maravillas, que en 1936 apenas tenía catorce años, no quedó nada por motivos que detallo en el libro”, precisé.

Todos los implicados en este trabajo aparecen con nombres y apellidos, hablan abiertamente y se les puede ver incluso en las fotografías. Nadie se ha escondido. A mi juicio, eso tiene un gran valor en momentos tan convulsos como los que estamos viviendo en la actualidad.

“Llamadme iluso o idealista, pero aquí tenéis la prueba de que existe otra manera de hacer las cosas. Esto es real. Hace unos días, tras la entrevista que realizó Gonzo a Josefina para El Intermedio, ella, con su habitual dulzura, llamó ‘mi chico’ al reportero, una expresión muy suya… Una amiga, con toda su buena intención, me escribió en Facebook para decirme que a pesar de que le hubiera llamado ‘mi chico’ a él, como suele hacer conmigo o con Joseba, yo era su chico de verdad. Mi respuesta fue clara. ‘Gracias, pero te equivocas. Todos y todas los que nos acercamos a Josefina somos sus chicos o chicas porque su ejemplo es de todos, como bien recuerda Eceolaza en el prólogo. Ella no es patrimonio de nadie. Ella vuela por encima de los demás para recordarnos las cosas importantes de la vida’”, señalé.

Luego llegaron los agradecimientos a Frommknecht, sin cuyo apoyo y altura de miras la investigación jamás hubiera salido adelante; a Eceolaza, Arbizu, Olga Alcega y Koldo Pla, de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, por creer en esa labor, por poner todos los medios económicos y humanos necesarios para llevar a cabo las excavaciones, por su cariño y por respaldarme con este libro; A Pedro López y Urdangarain, los testigos de más de noventa años que nos ayudaron a localizar el punto donde Vicente fue inhumado; a Luis Albéniz; a los dueños de los terrenos, Fernando Izcue y Guillermo López; al equipo de Aranzadi; a Antontxu Zabalza; a los protagonistas de Unidos por la verdad 1936-2012; a Eduardo Sanz; a Iñigo Muerza; a Iker García de Eulate; a Rakel, Ainhoa, Natalia y Oskar, de Goizargi; a César Méndez; a Xabi González y al equipo de Mimética; a Ulises Mejía, chef del restaurante Ansoleaga 33; a los voluntarios de ACOES Navarra con Honduras, especialmente a Amaia; y, sobre todo, a Josefina, porque a su lado volví a escuchar a mi corazón.

Con la naturalidad que acostumbra, ella nos contó que no se había derrumbado tras no recuperar a su padre porque, si bien sintió cierta ilusión cuando comenzaron las prospecciones, no albergaba demasiadas esperanzas de hallar los restos. Nos confirmó que jamás nos dejará que le invitemos a tomar algo porque aún le quedan unas pocas perras, que a ella siempre le ha gustado ayudar a los demás y que continuará haciéndolo mientras pueda. Tampoco grabé sus palabras. Lo siento, perdonadme. Me limité a saborear el momento. Pero la frase que abre esta crónica imperfecta fue la guinda de su intervención.

La presentación concluyó con una doble sorpresa. Josefina había cumplido 85 años el pasado día 20. Queríamos haber celebrado el acto ese día, pero como me reconoció una vez, “las cosas no salen siempre como uno quiere, mi chico”.

Deseábamos tener un detalle con ella. Fueron Ane y Nerea, hijas de Juan, quienes le entregaron un ramo de margaritas blancas, flores sencillas y silvestres como la propia Josefina, y la fotografía que ilustra la portada del libro enmarcada para que la acompañe en las noches más frías… Ane y Nerea posiblemente sean las primeras niñas que han tenido un gesto similar tanto con víctimas de ETA como con hijos de fusilados en la Guerra Civil. Ellas no hacen distinciones entre las víctimas. Apoyan a todas. Son niñas, pero saben captar mucho mejor que nosotros la verdadera esencia de las cosas importantes. Tomemos nota los mayores.

Ane y Nerea, entregando a Josefina el regalo que le habíamos preparado. EDUARDO SANZ

Ane y Nerea, entregando a Josefina el regalo que le habíamos preparado. EDUARDO SANZ

 

Y cuando estaba a punto de dar por concluida la presentación, Juanito, el hijo pequeño de Juan, se acercó hacia mí con un paquete de más de un metro de altura. Pensé que era otro regalo para Josefina, pero me equivoqué. Éste era para mí. Un obsequio preparado por Eduardo Sanz y Juan Frommknecht: la imagen de la derrota que captó Eduardo en la antigua huerta de Juan Vizcar cuando la desolación se abría paso tras la infructuosa búsqueda de Vicente Lamberto (retocada y en blanco y negro). Los técnicos de Aranzadi y Eceolaza, además de Eduardo y Juan, también la firmaron. Ahora soy capaz de mirarla con cariño. Porque El reencuentro ya no es sólo un libro…

La foto que colgaré en mi casa... EDUARDO SANZ

La foto que colgaré en mi casa... EDUARDO SANZ

 

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