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JOSEFINA LAMBERTO, HERMANA DE MARAVILLAS: MUERTE Y MARGINACIÓN DESDE 1936 (2ª PARTE)

Por   /   29 marzo, 2012  /   Sin Comentarios

Tras los asesinatos de su padre y de Maravillas, Josefina trabajó en casa de uno de los violadores de su hermana. Al año siguiente, ella, su madre y su otra hermana, Pilar, se trasladaron a Pamplona, donde malvivieron en un cuarto de alquiler. El bombardeo republicano de 1937 sobre algunos centros neurálgicos de la ciudad le sorprendió a pocos metros del edificio de Diputación, “donde vio caer una bomba”. A pesar de “todo lo ocurrido” y de la oposición de su madre, de quien no pudo despedirse, fue “monja” durante 46 años, 14 de ellos en Pakistán. Pero sólo encontró “desprecios” de su orden. 

Josefina Lamberto Yoldi, hermana de MaravillasTras los asesinatos de su marido, Vicente Lamberto, y de su hiija Maravillas, Paulina Yoldi, la madre de esta familia republicana afincada en Larraga cuando estalló la Guerra Civil, no sólo “perdió sus pertenencias”, sino que se vio obligada a “colocar” a sus dos únicas hijas con vida, Pilar y Josefina, “en el servicio de dos casas”. Pero ni siquiera esta vez Paulina ”pudo elegir”: “Durante un año aproximadamente, mi madre trabajó para un militar en una vivienda donde ya había estado de soltera. Aquel hombre no quería críos a su alrededor, así que Pilar y yo tuvimos que marcharnos a la casa de Julio Redín Sanz, uno de los que violaron a Maravillas, que tenía una hermana con síndrome de down de unos 18 años. Pilar cuidaba un poco de ella, pero a mí sólo me dejaban ir a la escuela y, cuando regresaba, me encerraban sin luz en el desván. Ni siquiera podía comer en la mesa. Me sentaban en un banco. Eso sí, entonces nosotras no sabíamos quién era realmente aquel hombre”. Poco después, Redín Sanz murió en un “accidente de camión”, al parecer en el frente de Fraga. “Todo el mundo dijo que había sido un castigo”, resalta Josefina emocionada (ver primera parte).

Paulina, Pilar y Josefina, que ha “donado” su cuerpo “a la ciencia”, únicamente se reunían lo domingos. Y cuando la madre “no pudo aguantar más”, las tres dejaron el pueblo y se instalaron en un “cuarto” alquilado en la bajada de Javier, en Pamplona. Sin embargo, Paulina no quería que las niñas, de 11 y 8 años, abandonaran tan pronto sus estudios, de manera que tuvo que pedir limosna “por los pueblos” para sobrevivir. “No le gustaba que la vieran en la ciudad, por eso iba a otros lugares en busca de ayuda”, apunta Josefina, a quien la guerra aún tenía reservada otra desagradable sorpresa.

El 12 de noviembre de 1937, la aviación republicana lanzó, según diversas fuentes, unas 35 bombas sobre algunos de los principales centros neurálgicos de Pamplona: el paseo de Sarasate, el entorno de Yanguas y Miranda, la antigua estación de autobuses y el Palacio de Navarra. Hubo varias víctimas mortales y bastantes heridos. Josefina pudo sumarse a esta lista, pero la fortuna por una vez le sonrió. “Yo estaba en el paseo de Sarasate cuando vi caer una bomba junto a la Diputación. Me refugié en una heladería. Mi madre nos decía que si escuchábamos las sirenas, debíamos volver rápido a casa porque prefería que muriéramos juntas”, sostiene.

Paulina Yoldi y Pilar LambertoAl tiempo, Paulina encontró un empleo cosiendo sacos de cemento, pero el jornal no le daba para mantener a las tres. Así que tenían que ir a un comedor social de la plaza Príncipe de Viana, donde “un falangista” les “obligaba” a cantar “siempre” el ‘Cara al Sol’, y “pedir” el pan que sobraba “a los soldados apostados junto al portal de Francia”. No había “alternativa” si querían pagar la renta del dormitorio, que sólo contaba con una cama y un baño ”compartido”. Incluso alguna noche se vieron obligadas a dormir “en las escaleras” porque no tenían dinero. Cuando las “echaron” se marcharon a otra vivienda en la calle de Tejería. Las cosas no les fueron mucho mejor.

“El problema era que, aunque a mi madre le pagaban por cada saco, le ponían un límite de sueldo, de manera que todas las horas extra no servían de nada. Ella intentaba trabajar más duro para ganar algo más y se levantaba a las cuatro y media de la madrugada, pero no le dejaron salir adelante”, señala esta mujer de 83 años.

A los 12, Josefina se puso a “servir”, pero “no paraba de llorar”: “Era niñera, limpiaba… Y con 14 ya hacía de todo en una casa más decente. Las tres nos separamos y, nuevamente, pasamos a vernos sólo un día por semana, porque dormíamos en nuestro lugar de trabajo. Muchas veces, cuando quedábamos, mi madre nos limpiaba la cabeza con mucha paciencia porque la teníamos llena de piojos”.

EL CONVENTO Y PAKISTÁN

Tras cumplir los 21 años, Josefina trató de rehacerse a sí misma como “monja” de una orden cuyo nombre prefiere no desvelar. El motivo: que a pesar de todo lo ocurrido años atrás, aún tenía “fe”. Pero ese paso no contó con el respaldo de su madre.

“Ya no la vi más. Ella no podía soportarlo por todo lo que nos había hecho la Iglesia. Un cura del pueblo apuntaba quién iba a misa y quién no. Nosotras habíamos hecho la Primera Comunión, yo con un vestido que me prestaron y zapatos negros, e íbamos a la iglesia todos los días, pero mis padres no. Sin embargo, jamás nos prohibieron que acudiéramos a la Eucaristía. Creo que este sacerdote dio el chivatazo. Pero yo no era una rebelde”, resalta convencida.

Lejos de encontrar la paz que tanto buscaba, Josefina asevera que únicamente recibió “desprecios” de las monjas, con quienes permaneció 46 años. “Como era hija de republicanos y no teníamos dinero, me pusieron de esclava. Siempre me miraron mal”, destaca la última superviviente de los Lamberto Yoldi.

Sus superioras decidieron trasladarla a Karachi, en Pakistán, donde permaneció 14 largos años junto a otras hermanas y madres de Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Irlanda, Portugal… Josefina confiesa que su sueño era ser “maestra o enfermera”, aunque no había tenido la posibilidad de finalizar sus estudios: “No quería que los niños vivieran lo mismo que había vivido yo. Y me gustaba enseñar. Pero ni siquiera pude estar casi con los críos durante todo ese tiempo. Sólo limpiaba y cuidaba alguna noche de ellos, pero mientras a otras les dejaban descansar tras hacer esa labor, a mí me obligaban a despertar después a toda la comunidad. Había un orfanato y un colegio, pero yo era la criada. Recuerdo que nos dejaron a varios niños abandonados en hojas de plátano junto a un vertedero situado detrás de la casa”.

En tierras asiáticas enfermó de “malaria” -aún hoy sufre sus secuelas-. Pero al hablar de aquella época, el tono de Josefina se entumece, se emociona y esboza: “¡Ay, mi chico! Yo he sufrido mucho”.

REGRESO A ESPAÑA AL MORIR SU MADRE

Otra aciaga noticia le hizo regresar a Navarra. No recuerda si fue en 1967 ó 1968. Pero sí que no llegó a tiempo. Su hermana Pilar le había enviado una carta semanas antes para comunicarle que su madre padecía “una trombosis muy grave” y que “estaba muy mal”. Paulina Yoldi, con 76 años, dejó este mundo mientras Josefina se encontraba aún de viaje. “Llevaba tres días enterrada cuando pisé Pamplona”, indica. Ni siquiera pudieron despedirse y reconciliarse.

Las desgracias se cebaron entonces con esta víctima viva de la guerra y volvió a enfermar. Una infección le “devoró” tres vértebras y pasó 13 meses postrada en una cama de un centro médico francés. Se marchó también a Portugal para “ver” si lograba curarse totalmente de la malaria, pero todos sus intentos fueron en vano.

Al menos, recuperó el contacto con su hermana Pilar -en la fotografía superior junto a su madre-, que a menudo le decía que se “marchara” del convento. Pero tras la muerte de Franco y después de solicitar permiso para buscar los restos de su padre, sus compañeras de la orden le volvieron a “cerrar” las puertas y la destinaron a Madrid. De nuevo dejaba Navarra: “Me dijeron que algo habría hecho mi padre y yo, toda descarada, les respondí que a ver si mi hermana Maravillas también había hecho algo. Ellas se callaron entonces, pero me mandaron a otro convento”, señala.

Las tensiones con su orden se agudizaron cuando, “a mediados de la década de los ochenta, el general Salas Larrazábal hizo pública una lista de víctimas del franquismo”, en la que se daba a Maravillas por “desaparecida”, no por “muerta”.

Josefina no pudo resistirse y decidió replicarle con una carta que apareció impresa en Diario de Navarra: “Mi hermana no era una desaparecida, así que di todos los detalles de su muerte. Y a las hermanas y madres les dije que si no sabían del tema, que no se metieran. Me la publicaron y se lió una… Las monjas la leyeron y me advirtieron de que si me llevaban a la cárcel no irían a sacarme de allí. Pero nadie me ha dicho nada y aquí estoy, entera y verdadera. Porque todo el mundo sabía que yo decía la verdad”. (Continuará).

 NOTA EDITORIAL: El Informador tiene mail (redaccion@informador.org). Quienes deseen aportar algún dato sobre el lugar dónde se encuentran los restos de Vicente Lamberto pueden escribir a esta dirección. Este medio se compromete firmemente a poner toda la información recabada a disposición de su hija Josefina Lamberto Yoldi. Si es necesario, se respetará el anonimato de la fuente.

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