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JOSEFINA LAMBERTO, HERMANA DE MARAVILLAS: SOLEDAD Y RESIGNACIÓN (3ª Y ¿ÚLTIMA PARTE?)

Por   /   1 abril, 2012  /   Sin Comentarios

Tras la muerte de Franco, esta mujer de 83 años se enfrentó a las monjas de su orden porque no le dejaron “buscar los restos” de su padre, asesinado en 1936. Antes de comenzar a colaborar en el Comedor Solidario París 365 y en la Casa Misericordia, donde reside, colgó los hábitos, vio morir a su hermana Pilar y deambuló por varias residencias de Madrid. Nadie le ayudó a “encontrar un trabajo”, ni siquiera “un sacerdote de Tierra Estella” al que conocía su familia.

Josefina Lamberto Yoldi, hermana de MaravillasLas tensiones de Josefina Lamberto Yoldi con las hermanas y madres de su orden religiosa se agudizaron cuando, “a finales de la década de los 70, el general Salas Larrazábal hizo pública una lista de víctimas del franquismo“, en la que se daba a la pequeña Maravillas, violada y asesinada en 1936 (primera parte), por “desaparecida” y no por “muerta”. Josefina, de 83 años, decidió replicarle con una carta que apareció impresa en Diario de Navarra: “Mi hermana no era una desaparecida, así que di todos los detalles de lo que ocurrió aquel 15 de agosto de 1936. Y a las hermanas y madres les dije que si no sabían del tema, que no se metieran. Me la publicaron y se lió una… Las monjas la leyeron y me advirtieron de que si me llevaban a la cárcel no irían a sacarme de allí. Pero nadie me ha dicho nada y aquí estoy, entera y verdadera. Porque todo el mundo sabía que yo decía la verdad”. (segunda parte).

Entre tanto, su hermana Pilar se había casado por segunda vez, pero en la década de los noventa le detectaron un cáncer de hígado y “con sólo 67 años murió“. “Al menos pude estar los dos últimos meses de su vida a su lado”, cuenta con lágrimas en los ojos.

Josefina intentó ayudar a su cuñado y le consiguió una plaza en una “residencia de Benidorm, porque él era “ya mayor” y ella no podía cuidarlo en la capital española “al estar con las monjas”. Pero su único familiar con vida “tampoco recibió un buen trato”, ya que “le quitaron sus ahorros -unas 350.000 pesetas-, además de la paga mensual”, por lo que ”llamó la atención” a las dirigentes del centro donde él vivía.

“Yo quería llevármelo a Madrid, pero las hermanas aún me pisotearon más. Fui una vez a verlo y, estando allí, me negaron la autorización. Desde entonces he guardado dos camisetas que jamás le pude entregar porque ya ha fallecido. Y en 1996 decidí dejar aquella vida. Me querían tener tapada, controlada y callada. Jamás recibí una palabra de cariño o de cercanía, ni me preguntaron por lo que le había sucedido a mi familia”, afirma.

“CON EL CIELO Y LA TIERRA”

Al perder a Pilar, se quedó sola “con el cielo y la tierra”. Así que durante dos años y ochos meses permaneció “en una comunidad de monjas” de Madrid , esta vez como residente, porque no tenía “otra salida”. “Ya ni creía en Dios y no iba a misa. ¿Para qué iba a ir a la iglesia? Ya no creo en nada”, admite resignada. Sin embargo, cuando se le pregunta acerca de si aún tiene fe en el amor, tal y como demuestra en el Comedor Solidario París 365, Josefina duda, solloza y responde: “Puede”.

Meses más tarde, una asistente social le ayudó a encontrar una plaza en una residencia de ancianos, ubicada también en la capital española, donde permaneció unos cuatro años y pagaba “el 80 por ciento de sus ingresos mensuales”, que no superan los 500 euros.

Sin embargo, Josefina quería vivir en su tierra natal y se puso en contacto con un “sacerdote de Tierra Estella” al que conocía su familia. Le pidió ayuda para encontrar un empleo cuidando a alguna persona “mayor” que ella, pero tampoco encontró esta vez el apoyo que necesitaba: “Me contestó que no podía hacer nada, que para ese trabajo habían venido las latinoamericanas. Sólo me ofreció otra residencia, pero yo quería irme a Allo, de donde era mi madre, para ver si podía retomar el contacto con algún pariente de ella, que aún vive”.

Hace unos nueve años, logró una plaza en la Casa Misericordia gracias a un amigo de la familia. Los cinco primeros los aguantó sola y sólo salía “a pasear”. Conoció a una mujer “muy monina”, a cuyo padre también habían matado durante la Guerra Civil. Pero no puede hablar mucho con ella porque está “fastidiadica”.

Sin embargo, en 2008, cuando regresó a Larraga para acudir a un homenaje celebrado en memoria de Maravillas, conoció a un “chico joven” que le abrió la posibilidad de empezar una nueva vida colaborando en el Comedor Solidario París 365. Entonces recobró una pequeña parte de la alegría perdida. Y decidió colaborar mientras “hacía algunos recadicos” para la Casa Misericordia. Comenzó también a “doblar camisetas y otras prendas” en la lavandería de la residencia, aunque al tiempo sufrió una “fisura” en la cadera. Ni siquiera los achaques impidieron que siguiera cumpliendo con sus labores diarias y que comenzara a acudir a las reuniones que organizaban los familiares de los fallecidos durante el franquismo.

“Me voy prontito a la cama, a eso de las nueve y media. Suelo levantarme a las seis y media y me quedo hasta las diez en la lavandería. A las siete y media me dan un cafetito que me hace revivir -se relame los labios y sonríe-. Luego, sobre las diez, normalmente voy caminando al comedor, donde lavo un poco, limpio pescado o las cámaras frigoríficas, friego… Vuelvo a comer a la Casa Misericordia, aunque si llego pronto doblo ropa otro ratito. Me echo la siesta y me voy al Civican a leer la prensa. También devoro todos los libros que me dejan, por muy pequeñas que sean las letras. Echar una manica en el París me ha ayudado a sentirme mejor, porque al fin puedo ayudar a la gente. Patxi Lasa -presidente de la Fundación Gizakia Herritar, que gestiona el comedor solidario- se ha portado muy bien conmigo”, puntualiza.

LOS RESPONSABLES DE SU MARGINACIÓN

“Yo quisiera dejar atrás todo el odio que llevo dentro, pero no puedo, aunque sí me he quitado muchas cosas. Sé que los asesinos materiales de mi padre y mi hermana eran del pueblo, pero aún desconozco quiénes les dispararon. Y me gustaría conocer sus nombres”, comenta.

Eso sí, no hace mucho tiempo le ocurrió algo curioso en un centro de ocio para la tercera edad situado en la calle de Leyre. “Sabía que allí iba un hombre de Larraga. Recuerdo que me comentaron quién era y que un día se acercó a mí. Me pidió el periódico y le pregunté si era del pueblo. Él, con cara de susto, lo negó. Entonces lo vi claro. La primera vez que le pregunté había caído. Era un matón, porque tenía muchos años y lo he indagado. Encima va diciendo que tengo una hija secreta por ahí cuando a mí no me ha tocado un hombre en mi vida“, argumenta.

Desde entonces, ha acudido alguna vez al lugar donde encontraron “descompuesta” a su hermana. Pero no había nada… Y cuando analiza el papel desempeñado por la clase política para honrar la memoria de los fusilados durante la Guerra Civil y la dictadura, Josefina no duda a la hora de buscar responsables. “El mayor culpable fue el ex presidente Felipe González, porque pudo actuar a tiempo para reparar el daño, pero no se atrevió. ¿Por qué no lo hizo?”, se pregunta. De ahí que, a estas alturas de su vida, no se identifique “claramente” con ningún partido político. Carga con demasiadas decepciones en la mochila.

EL CERTIFICADO DE DEFUNCIÓN DE MARAVILLAS

Al menos, en 2007 consiguió “por fin” el certificado de defunción de su hermana Maravillas, después de que “un testigo admitiera ante un juez de Estella” que la había visto sin vida.

Maravillas Lamberto Yoldi“Lo único que puede darme la paz es que me devuelvan los restos de mi padre para que los pueda enterrar, hablarles un poquito, honrarlos y visitarlos porque en el pueblo hay un mausoleo con huesos de algunos de los 47 fallecidos durante la guerra y la dictadura. Y yo no tengo a nadie allí. Ni los homenajes, ni los reconocimientos, ni todo el dinero del mundo me sirven ahora mismo. Si me dieran dinero se lo entregaría a Patxi Lasa para el comedor. No sé de dónde saco las fuerzas para seguir viviendo. Tengo unas fotos, una de ellas de Maravillas, y le doy besicos cada día y pienso en todo lo que sufrió. También guardo alguna de Pilar y mi madre, pero no he conseguido ninguna de mi padre. Ahora me acuesto con la pena y me levanto con la pena, pero debo vivir con ella. Mi hermana Pilar sabía mucho más que yo sobre lo que ocurrió en 1936, porque al ser monja yo estaba más encerrada. Recuerdo que dejó en herencia su piso a una de las sobrinas que también tiene nuestra antigua casa de Larraga porque yo no la podía mantener. Y esta chica no me dejó poner la foto de Maravillas en la entrada de la vivienda, que está sin ocupar”, concluye.

Pero Josefina lanza entonces un último mensaje antes de finalizar la conversación: “A mi hermana Maravillas, a mis padres y a Pilar los veo por todos lados. Ojalá algún día encuentre a mi padre. Pero tampoco sé el punto exacto en el que está. Y es raro. Alguien tuvo que ver sus huesos, porque la mayoría de los desaparecidos están enterrados a muy poca profundidad, apenas hay que excavar. Ahora me ves sonreír, pero es porque estoy contigo, mi chico”. Y El Informador, ante estas palabras, no pudo hacer otra cosa que tragar saliva, darle un beso, prometerle que tratará de ayudarla y disfrutar de un mosto que, por supuesto, no dejó pagar a quien escribe… (¿Continuará?)

 NOTA EDITORIAL: El Informador tiene mail (redaccion@informador.org). Quienes deseen aportar algún dato sobre el lugar dónde se encuentran los restos de Vicente Lamberto pueden escribir a esta dirección. Este medio se compromete firmemente a poner toda la información recabada a disposición de su hija Josefina Lamberto Yoldi. Si es necesario, se respetará el anonimato de la fuente.

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