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“EN LA CÁRCEL NO SE HACEN AMIGOS”

Por   /   7 febrero, 2013  /   Sin Comentarios

Concha no se amilana. Mira fijamente y habla con locuacidad. Es transparente como sus ojos azules. Esta navarra de 52 años, amante de los libros, despierta y con inquietudes, pagó su error con diecinueve meses de cárcel, que ha cumplido a caballo entre la vieja prisión de San Juan y el nuevo centro penitenciario situado en la colina de Santa Lucía. La condenaron, según explica, por un delito de estafa tras “no pagar una noche en un hotel” de la Comarca de Pamplona. Ha hecho las veces de bibliotecaria de su módulo en ambas cárceles, pero ahora no tiene nada. Vive en una habitación de un piso que pertenece al Departamento de Políticas Sociales del Gobierno foral, gestionado por Salhaketa, la asociación que vela por los derechos de los presos y ex reclusos.

Concha reside en el piso que gestiona Salhaketa para reclusos y ex presidiarios. EL INFORMADOR

Concha reside en el piso que gestiona Salhaketa para reclusos y ex presidiarios. EL INFORMADOR

 

Pero es libre desde el pasado 19 de enero. Ahora mira al futuro con optimismo junto a su marido, al que sólo ve los fines de semana, y su hijo, con el que todavía no ha retomado el contacto. En su nuevo hogar recibe la visita de los voluntarios de la asociación, que se preocupan por las necesidades de las personas a las que acogen: “Te asesoran y se involucran. Te ayudan. Y si ellos no saben cómo funciona algo, indagan hasta que te lo solucionan. No son profesionales de orla, son profesionales vocacionales”.

El recorte del 80 por ciento que ha sufrido el colectivo en su subvención para 2013 no ha mermado la ilusión de las personas que están involucradas en el proyecto. Al igual que Concha, la palabra “queja” no existe en su vocabulario y buscan el bienestar de los ex reclusos, “de las personas más necesitadas en estos momentos”.

Concha, que puede permanecer hasta el próximo 3 de julio en la vivienda, echa mano del refranero para describir su trato con Salhaketa: “Tenemos una relación buenísima, íntima. Yo soy muy abierta y muy clara con ellos. Siempre he dicho que más vale una vez colorado que un ciento amarillo”. Fuera de micro, después de una charla de casi dos horas, reconoce que el cariño es más importante que lo puramente material: “La gente te puede ayudar con un trozo de pan. Pero a veces lo más importante es un abrazo, una conversación, un beso”.

Nacida en la Ribera, se considera una persona “muy independiente”  y reconoce que el suyo es un caso “atípico”. Sin problemas de “drogadicción, alcoholismo o ludopatía”, entró en un “bucle de deudas” del que no supo salir: “Simplemente gasté más de lo que podía permitirme. Se fue haciendo una bola que terminó convirtiéndose en un alud”.

Y eso que tenía todo a su favor. Estuvo trabajando durante muchos años en RENFE -al igual que su esposo, con el que lleva 31 años casada- y más tarde en una gasolinera, donde llegaron a nombrarle encargada: “Éramos una familia normal. Teníamos trabajo y mi hijo, de 28 años, estudiaba en El Redín”. Pero las hipotecas que pagaban se comieron el dinero -llegaron a poseer dos casas en propiedad y otras dos de RENFE habilitadas por ellos conforme al puesto de trabajo que tenían-. Por todo esto y por su “mala cabeza”, cayó en “las peores condiciones” y tocó fondo en 2007.

Ese año, Concha y su marido se alojaron tres noches en un hotel. La habitación estaba a su nombre. Dejó “una” sin pagar, aunque habló “con el director para pedirle disculpas y decirle que abonaría su deuda en cuanto pudiera”. Fue denunciada. Y ella entiende la decisión tomada por el responsable del establecimiento: “Estaba en su perfectísimo derecho de hacerlo, no tengo nada en contra de él. Cuando llegó el juicio, obviamente lo perdí porque era culpable. En total, incluyendo las costas del proceso, debía abonar 1.184, 43 euros. Como no tenía forma humana de pagarlo, me metieron en la ‘jail’”.

Le atribuyeron un delito de estafa. Pese a que carecía de antecedentes y la pena no llegaba a los dos años, en 2011 ingresó en la antigua prisión de Pamplona en régimen “de segundo grado”. Más tarde conocería también el nuevo centro de la capital navarra.

No obstante, cree que su castigo fue desproporcionado y alega que “sale más barato matar a alguien que robar una gallina para comer”. Pero Concha asume su suerte de forma natural y no se ceba con las leyes: “Mientras el Código Penal sea éste, hay que acatarlo. Yo cometí una falta. Tenía un pecadillo y una penitencia y mi sentencia fue ésa. Ya está. La injusticia la cometí yo cuando no debía. No es que diga qué malo es el mundo. Yo metí la pata”.

LA VIDA EN LA CÁRCEL

Ingresó en el módulo ‘de respeto’, rodeada de personas que “en un 90 por ciento de los casos” cumplía condena por tráfico de drogas.  Su vida se convirtió en “rutina, aburrimiento, monotonía y normas”. “Si eres una persona que se vuelca en lo que haces, te puedes implicar siendo fontanero, carpintero o director. Y la gente que está allí no se implica. Cumple el expediente. Lo peor de la cárcel, a parte de la monotonía, es sentirte un número, el que te conceptúen como tal”.

La convivencia resultó “difícil” al ser “obligada”. Uno no tiene la opción de irse “por la otra acera”. Por eso, se muestra tajante cuando afirma que “en la cárcel no se hacen amigos”. Es más, destaca que, pese a que el artículo primero del  Reglamento General Penitenciario dice que “el fundamento de la privación de libertad es la reinserción y la reeducación”, entre rejas “se aprende cualquier cosa menos educación”. “Parece que cuando entras por la puerta se te desdobla la edad mental con la edad del DNI. Y casi todos nos volvemos idiotas. Luego la reinserción resulta complicada”, apunta.

Sin embargo, las dificultades jamás han socavado su sonrisa. Es optimista por naturaleza. O al menos así se muestra durante la entrevista. “No nos mentalizamos de que nos encontramos en la cárcel. Seguro que hay gente libre y con trabajo en peores condiciones que nosotras. Ahora bien, yo no estoy ni institucionalizada, ni agradecida a la cárcelHay que ser objetivo”, cuenta con tono amable.

Anécdotas no le faltan. Recuerda con claridad cómo la noche del 4 al 5 de marzo de 2012 le dieron “la del pulpo” por evitar que una compañera agrediera a otra reclusa. “Me defendió un funcionario de prisiones”, matiza agradecida. De ahí que dedique unas bonitas palabras al personal que trabaja entre esas robustas paredes de hormigón. “En muchos casos son personas que llevan uniforme, no uniformes que llevan personas. No es lo mismo. En todos los sitios te puedes encontrar con gente que sabe comportarse con humanidad. No tienes que ser malo por vestir un uniforme”, puntualiza.

Por eso quizás se queja de la nueva cárcel, el ‘hotel Cinco Rejas’, como lo denomina ella: “Se ha vendido muy bien a quien le haya interesado, pero es un fiasco. Ese centro penitenciario no se tenía que haber inaugurado cuando se abrió -en junio de 2012- porque no cuenta con el personal necesario para poder utilizarlo. Los funcionarios son insuficientes. No funciona nada porque no hay forma de hacerlo funcionar”.

“O te mentalizas de que esto es un ‘impasse’ en tu vida o vas mal”, continúa su relato. Concha optó por sumergirse en los libros, “los mejores amigos, que no te piden nada y te enseñan”. Sólo en la antigua cárcel leyó “más de 400”, devora las novelas históricas y fue la encargada de la biblioteca de su módulo en los dos centros penitenciarios: “Siempre iba con mis gafas y mi cara de mal genio”. Es uno de lo pocos momentos en que se emociona. Lo mismo le sucede cuando piensa en los “miles” de ejemplares que desaparecieron tras la demolición de la vieja prisión.

TERCER GRADO

Pero gracias a su “buen comportamiento”, Concha comenzó a disfrutar de permisos y se benefició de alguna de las actividades promovidas desde la cárcel. En todos sus meses como reclusa, el mejor regalo que recibió fue ver Noche de Reyes, una adaptación de la obra de Shakespeare, en el Teatro Gayarre. Jamás olvidará aquél 28 de noviembre del año pasado.

Desde que entró en contacto con Salhaketa, volvió saborear el aire de la calle. Y encontró un refugio donde pudo disfrutar de la libertad cuando le daban permiso. “Una de las condiciones para salir es que tengas un sitio al que ir. La cárcel no puede exponerse a dejarte en la puerta y que vuelvas a delinquir porque no tengas ni cama ni comida. Entonces, me comentaron que los trabajadores y educadores de una asociación iban todas las semanas a la prisión para hablar con personas que teníamos problemas de esta índole y que, según el expediente, te podían acoger o facilitar la salida de prisión”.

Una libertad que compartía con su pareja, “un diamante ya tallado”. Su pareja, que padece diabetes y se encuentra en una situación precaria, vive desde hace un año en la residencia Alaiz de Biurrun, de reinserción social. Ahora se ven todos los sábados por la mañana un par de horas y aunque su vida privada es limitada, “cunde”.

En su ‘currículum’ como presa tan sólo hay “una” mancha, “una espina clavada” que postergó el tercer grado penitenciario de mayo a diciembre de 2012: “El 29 de abril me dieron un permiso de cuatro días. Yo salía con mi muleta del centro -padece una pequeña cojera- y contaba con la autorización para poder sacarla y meterla. Cada vez que me marchaba de la cárcel abría la muleta para que el personal viera que no escondía nada. Me habían dicho que la petición del tercer grado la tenía fijada para el 3 de mayo, de manera que a finales de mayo o principios de junio tenía que haber estado en este régimen. Cuando llegué de nuevo a la prisión y abrí la muleta para que la vieran, encontraron dos pastillas de Tranxilium 50. Yo no las necesito para nada. Me las habían metido. Si uno introduce material psicotrópico en el centro, te abren un pliego de cargos. Y así definen esta clase de medicamentos. Todo el mundo sabía que no las tomaba y que no las había llevado, pero fueron conmigo. Y la única prueba es que las pastillas estaban en la muleta”.

PRESENTE Y FUTURO

Hasta julio, compartirá piso con cinco personas más: tres que residen de forma permanente y otras dos que acuden sólo de permiso. Con sus compañeros actuales se reparte las tareas de la casa, donde está prohibido el consumo de drogas y alcohol. Todos ellos deben acudir a comer y a dormir, excepto que lo consensúen con las dos educadoras sociales, que cubren horarios reducidos de mañana y tarde.

Mientras, Concha también asiste a distintos cursillos que se imparten en la Fundación Gaztelan -Habilidades Sociales, Informática y Técnicas de Búsqueda de Empleo-. Son los “combates” cotidianos, aunque hay una lucha de la que no se ha librado: “Me ha quedado la secuela de falta de protección. Yo escucho una sirena y procuro estar con la espalda protegida. Psicológicamente me ha marcado por más que lo intente superar”.

Pero no se amilana cuando mira al mañana porque ella ve “luz”, pese a ser consciente de que la crisis ya no aprieta, sino que ahoga: “Hay que ser realista, pero no negativo. En Salhaketa son realistas y te muestran los problemas. Nadie va a venir a buscarme a casa, pero si yo me duermo en los laureles y no he hecho nada, no me puedo quejar, porque atención ya he tenido. El dicho ‘dame pan y dime tonto’ hoy no funciona. Si no salgo a buscar, nunca encontraré. Y no me sirve decir que  no hay”.

Por eso huye del victimismo y concluye de forma aplastante: “Yo arrostro lo que hago, pero a mí no me tengas lástima”.

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